El camino a la escuela

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Los niños, los hermanos Panera mejor dicho, que es como se refería una maestra a ellos, y que con los años se convertirían en mis tías, tíos, uno de ellos en mi padre, vivían en una casa que fue molino, que entonces estaba a casi un kilómetro de la escuela del pueblo. Digo entonces, pues aquel camino era más largo que el actual.
Yo lo recorrí también de crío, siempre en vacaciones, por ejemplo cuando iba con mis primos a buscar leche a partir de las ocho de la tarde, que era cuando ordeñaban en la media docena de cuadras del pueblo.
Recuerdo aquel sonido, ronco y constante, sin ninguna concesión a otra nota, de los compresores de las catadoras de leche, proveniente de las cuadras.
Entonces, La Mata de Curueño todavía era un pueblo con ganaderos, labradores… Hoy ya no queda nada de eso. Ya no traen los más pequeños de casa la leche recién ordeñada en las lecheras de aluminio, o en alguna garrafa con asa más cómoda de transportar, si protestábamos porque nos hacía daño el agarradero metálico de la lechera en las manos.
No viene mucho a cuento este recuerdo intercalado, pero así es la memoria de caprichosa, que si le das cuartelillo, va a su bola.
Pero sí, aquel era un camino sombrío y a tramos, los árboles parecían conformar un túnel con sus copas, arropando (o amedrentando) al caminante.
Una vereda que, tras una concentración parcelaria, alrededor de 1980, desapareció y fue sustituida por una pista de grava que llegaba a la casa en línea recta desde el pueblo.
Pero aquel camino anterior era por donde esos niños del comienzo de este relato iban a la escuela. Indiferentes a la climatología, pues en invierno, incluso lo hacían apartando nieve los más mayores; decía la maestra que no se perdían un día de clase. Que, siendo los que más lejos vivían, eran los primeros en llegar.
Qué majos.
Pues este verano, en ese pueblo, se celebró un homenaje a su antigua y pequeña escuela, para lo cual intervinieron antiguos alumnos (ya bastante mayores), familiares de algunos profesores e incluso una maestra. La maestra que se acordaba muy particularmente de esos niños.
Nos contó numerosas anécdotas y, entre tantas vivencias, tenía muy vivo el recuerdo de parte de su alumnado infantil.
Cuando empezó a referirse a los hermanos Panera, su relato adquirió para mí un rumbo muy sentido.

Mi padre no la recordaba. Es verdad que eran tiempos en los que los críos, y muy especialmente en los pueblos, abandonaban pronto los estudios para colaborar en los trabajos de casa, en una economía de subsistencia, ayudando en el campo, con el ganado…
Tuvo que ser, me decía, maestra de mis hermanos menores, ya que yo ya habría comenzado a trabajar.
Bueno, no importaba mucho, la verdad, para lo que vino después.
Terminando la mujer su intervención, nos leyó un poema de uno de sus libros, pues tiene varios poemarios publicados.
Unos versos dedicados precisamente y según nos dijo, a aquellos hermanos y al afán que mostraban para no perderse un solo día de escuela.
Debieron ser felices, sin duda, con aquella profesora.
Y bueno, la referencia en las estrofas a la madre de los pequeños, a mi abuela Josefa, me ha animado a compartirlo.
La maestra y autora se llama Carmen Teresa Zapico Gil y el poemario se titula Todos los dioses que habitan el corazón del hombre.

 

Desde el caserío

Madre, dame tú la mano
para encontrar el sendero.
Marcharemos los dos juntos
hasta la escuela del pueblo.
Madre ¿Cual es el camino
por donde van los niños nuevos?
Que quiero salir al alba
para llegar el primero.
Que quiero. madre tener
amigos y compañeros.
Mariposas de colores
pintaré sobre el cuaderno
y pájaros que no vuelen
y perros que me acompañen,
si es que cae la tarde madre
y suena el viento en los cerros.