El Topo de La Mata

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El pasado 8 de agosto se celebró en La Mata de Curueño, un pueblo del norte de León, un acto de homenaje y desagravio a Eufemiano Díez González, más conocido como el «Topo de la Mata».

Diría que «Femiano», por lo insólito y terrible de su caso, ha sido uno de los combatientes republicanos más conocidos, que tuvieron que convertirse en «topos» durante y después de la guerra civil. Refiriendonos con ese apelativo, a los fugitivos del franquismo que hubieron de esconderse, en muchos casos como el nombre sugiere: bajo tierra.

Su caso ha sido recogido en libros, prensa, incluso en una novela, y es una muestra de ese miedo terrible que caló en un pueblo derrotado por el fascismo cuando defendía su libertad. Pero también pone de manifiesto la rebeldía y determinación por sobrevivir. El inquebrantable compromiso por parte de sus familiares en ocultarle y el de la buena gente que se atrevió a ayudarles.

Caído el frente republicano entre León y Asturias en octubre de 1937, Eufemiano terminó regresando desde Oviedo a La Mata, a su pueblo.

Ante el acoso que sufría ya para salvar la vida, se escondió en la «corte de las ovejas», la cuadra de su casa, donde, custodiado por sus padres y familia, se metió en un escondrijo que practicaron en el suelo.

Atención:

Dos metros de largo, casi uno de ancho y otro de profundo.

Una fosa de los más común, al fin y al cabo, una sepultura que forrada de tablones iba a acoger a un hombre vivo. Un joven de 25 años que entró en ella en 1937 y salió en 1947.

Diez años, diez, diez años allí, en aquella lóbrega y húmeda oscuridad tumbado, cubierto por una pesada tabla que no era capaz de quitar sin ayuda del exterior.

Sobre aquel grueso tablón, con Eufemiano dentro del foso, esparcían sus padres y hermanos el forraje, la cama para el ganado, con todo lo que conlleva una cuadra de ovejas que transitaban por encima de su habitáculo para disimularlo y que, en los habituales registros de la guardia civil, no le encontrasen y lo asesinasen.

No debieron hacerlo nada mal porque sus acosadores nunca le encontraron, pero el precio que tuvieron que pagar sus familiares desde luego que fue bien alto.

A Eufemiano le llevaban la comida a la cuadra por las noches; la familia le movía la losa de madera (que losa tiene una tumba al fin y al cabo) y así por un tiempo podía salir y comer. Después, de nuevo al hoyo.

Hubo vecinos en el pueblo que sospechaban que por allí debía estar y, frecuentemente, alguno de ellos avisaba a la Guardia Civil para que lo apresaran.

Los uniformados llegaban, registraban casa, cuadra, lo que fuere, pero no lo localizaban.

Seguros los uniformados de que el huido, si no estaba por allí, no andaría muy lejos, descargaban su frustración contra la familia de Eufemiano, propinándoles frecuentes palizas, llevándose a alguno de los miembros a apalearlos fuera del pueblo, dejando la duda y el miedo en los de casa, de si se volverían a ver.

Pero la gentuza que les acosaba, que les torturaba, que les daba palizas, nunca consiguió su objetivo.

En 1947, Eufemiano, tras alertar por intermediación de terceros que estaba dispuesto a entregarse, lo mismo que hicieron otros huidos, abandonó definitivamente su escondite y se entregó a los guardias.

¿Cómo aguantar más?

Detenido y procesado, finalmente esquivó la muerte, la cual habría sido segura si en cualquiera de aquellos registros le hubiesen atrapado.

Vivió en su pueblo con graves secuelas físicas debido a las condiciones de su encierro hasta su fallecimiento en 1984.

Nunca se le realizó un homenaje ni un acto de reconocimiento hacia él y su valiente y comprometida familia, hasta ahora.

Sus familiares, los conocidos que aún viven, el pueblo de La Mata de Curueño en su mayoría, lleno también de los veraneantes que por aquí nos dejamos caer, así como muchas otras personas de otros lugares, nos reunimos este 8 de agosto de 2025, como os decía, para honrar ese gesto de coraje y bravura que fue su vida.

Actitudes como la de Eufemiano y su familia, que la historia las convierte en heroicas, dan fe tanto del mal como del bien que puede hacer el ser humano.

Después de descubrir una placa en su honor, se celebró un coloquio muy especial, un «filandón», que dicen los lugareños, en el que hubo ciertamente algunas intervenciones muy interesantes.

Juan Díez, su sobrino, fue quien llevó el peso del acto, dando la palabra primero a Fulgencio Fernández «Ful», reconocido y veterano periodista de la tierra que en varias ocasiones ha escrito sobre este caso.

Participó Simón Rodríguez, vecino del pueblo que vivía casa con casa con la familia de Eufemiano y que aportó testimonios personales de su infancia, la cual coincidió con el encierro del Topo de La Mata. Una intervención muy emotiva que nos mostró con toda su crudeza el relato del miedo y temor de aquellos terribles años, cuando nos reveló que sus padres también escondieron en casa a otro fugitivo de los franquistas durante unos tres años, creo recordar.

Admirable humanidad y el compromiso de esas gentes anónimas en su mayoría, que por ayudar a otros se jugaron la propia vida y el futuro de sus familias. Todo por seguir siendo honestas, dignas… ¡Personas!

El tercero que intervino en la charla fue el escritor Julio Llamazares.

Julio conoció a Eufemiano y llevó su triste pericia a las páginas de dos de sus obras.

En «El río del Olvido» aparece de manera novelada, en el encuentro que mantiene con un viajero que va recorriendo los pueblos situados a orillas del río Curueño. Previamente y con más detalle, el escritor puso a uno de sus personajes en la excelente «Luna de lobos», una novela llevada al cine y que trata sobre la resistencia republicana, sobre los «maquis» en las montañas cantábricas; le puso al personaje, decía, a pasar por el mismo trago que Eufemiano para ocultarse de sus enemigos.

 

Curiosamente, comenta muchas veces el escritor, una parte de su público lector creía que esos testimonios tan duros que aparecen en sus relatos eran fruto de su inventiva, cuando realmente eran sucesos reales y bien documentados.

Terminó el escritor su intervención, leyendo un capítulo de esa novela. En ese pasaje, la voz narradora se pone en el pellejo del fugitivo, en la cabeza del hombre enterrado en vida y, con esa manera preciosa que tiene Julio de narrar, nos metió en la fosa con el personaje, con Eufemiano también.

 

Pincha aquí para reproducir una parte de la intervención de Julio Llamazares